Inteligencia Afectiva en las Organizaciones

Inteligencia Afectiva en las Organizaciones

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Debido a que es en el ambiente laboral en el que la mayoría de las personas emplean la mayor cantidad de tiempo en nuestras vidas, es fácil darnos cuenta del impacto determinante que tienen los procesos afectivos en este contexto. Apartándonos de una visión romántica y poética del proceso y antes de que se generen conjeturas, vale la pena entender como el “afecto” mueve las relaciones entre los seres humanos.

 

Se denomina “afecto” porque es la forma en que lo que se siente nos afecta a nosotros y a los demás. En otras palabras, es la forma en que nos afecta lo que los demás sienten de nosotros y viceversa. El afecto es el proceso psicológico de las relaciones interpersonales, hoy en día científicamente demostrado.

 

El sistema formal de los procesos organizacionales ha llevado a desplazar el tema emocional y afectivo de nuestras empresas, haciendo que la debilidad emocional cobre costos cada vez más altos en temas como estrés, ansiedad, depresión, inseguridad laboral, relaciones internas conflictivas, rumor, negativismo, acoso, baja autoestima y muchos otros procesos que terminan por “afectar” el clima organizacional y por lo tanto, los niveles de producción, productividad y progreso empresarial.

 

Es asombroso darnos cuenta que fue sólo a partir del año 1997, que empezamos a tener la oportunidad de entender científicamente la forma como realmente funcionan nuestros procesos emocionales y afectivos. Infortunadamente, antes de esto, la mayoría de las teorías al respecto del tema eran propuestas especulativas de lo emocional, que partían del imaginario de perfección humanista de un ser humano que no se frustra, no se asusta, no se entristece y no se cansa, es decir, de un ser humano que no es humano.

Había un imaginario de perfección frente al cual cualquiera que cumpla con el perfil resulta disfuncional o débil. Debido a esto, no sólo en el ambiente organizacional, sino también en ambientes como el familiar y social, aprendimos miles de mañas para que tales reacciones no se noten, en virtud de que terminen siendo percibidas como un síntoma de debilidad personal.

 

Como cualquier otro organismo perteneciente a una especie de carácter social, el ser humano como máxima expresión, se mueve, se motiva y cambia, por lo que siente y por la forma en que se vincula afectivamente con los demás. El motor de la evolución de nuestra especie es emocional y afectivo, por lo tanto el proceso de relaciones humanas en nuestras organizaciones no son diferentes.

 

Llegó el momento de desarrollar competencias emocionales y afectivas en el contexto organizacional, porque lo que es claro, por lo menos a la luz de los últimos descubrimientos científicos, que el “afecto” es una capacidad, una destreza, una habilidad que puede y debe ser desarrollada como un tipo de inteligencia. Después de todo, el entusiasmo, la alegría, la tranquilidad, la seguridad y el buen trato, entre otras, son destrezas y actitudes, las cuales se adquieren dentro de un proceso formal de aprendizaje. Aprendimos a pensar con lógica, ahora podemos aprender a pensar con ‘sentido común’ es decir con sentimientos.

 

La inteligencia emocional no se puede reducir a un simple constructo de autocontrol, porque esto es represivo, por tanto genera altos niveles de incubación emocional y stress que tarde o temprano terminan por explotar. La inteligencia afectiva, por otra parte, promueve el aprendizaje y desarrollo de destrezas para sentir con estética y relacionarnos con calidad. Es un proceso informal que indudablemente potencia todas las capacidades formales de los seres humanos dentro y fuera de la organización. ¿Pues de qué sirve a las organizaciones contar con profesionales altamente especializados y capacitados, pero emocionalmente afectados?

 

Durante el tiempo que llevo difundiendo el tema en empresas y diferentes contextos, ha sido claro que el líder afectivamente inteligente genera procesos de cohesión organizacional que se traducen en altos niveles de rendimiento personal y profesional, en un clima agradable de trabajo, en procesos de comunicación funcionales, en niveles altos de motivación, en la multiplicación de las virtudes ejecutivas y minimización de las debilidades, en altos niveles de autoestima y por lo tanto de desempeño profesional.

 

El profesional en el afecto aprende a conducir el estrés, el miedo, la angustia, la tristeza, la frustración y el cansancio. Aprende a sentir con bienestar y con inteligencia, por tanto proyecta esta destreza en su entorno organizacional. Incluir la inteligencia afectiva dentro de las competencias a desarrollar en nuestras organizaciones es tal vez uno de los mayores desafíos de la actualidad porque, después de todo, los altos índices de corrupción, agresividad, acoso, competencia desleal, de estrés y muchos otros presentes en la cultura organizacional de nuestros países, obedecen a la carencia de un tipo de competencia: “la inteligencia afectiva”.

 


ANDRÉS OSUNA ARCINIEGAS

Psicólogo – científico – Neuropsicofiosiologo

Directiva de la Fundación Educar para La Paz.

Universidad Konrad Lorenz – Universidad de la Sabana

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